MAO.

Conocí a Mao una tarde de otoño de 1976. Justamente el 8 de Septiembre, un día antes de su muerte.

Tomamos el té en la Ciudad Prohibida. Bajo unos cerezos que perdían sus hojas con el viento, hablamos de poesía. ¿Quién diría que el monstruo al que tanto temía occidente leía a Keats y a Whitman?

Fue una tarde deliciosa. Con las manos detrás de la espalda paseamos por el reciente. Hablamos de mi viaje a México, de los Estados Unidos y su pronto hundimiento. Mao me confesó que de lo único que se arrepentía era de no haberse casado con la primera mujer que amó, cuando tenía 11 años.

Seguimos hasta que empezó a refrescar. Cuando comenzó a toser y la sangre manó de su boca a borbotones, no supe que hacer. Pero él ni se inmutó. Sacó un pañuelo de seda de su bolsillo y se limpió. Como si nada. Fue entonces cuando me miró, quizá la última vez que lo hacía con tanta intensidad, y con su firme voz algo quebrada me dijo:

  • Yo me voy, pero las grullas siguen aquí y si ellas permanecen, nada cambiará.

Al día siguiente no pude ni decirle que tenía razón.

Mao había vuelto a su planeta.

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